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La poder de la decisión

Anne Mahlum

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Cuando era niño, la percepción de la vida sin complicaciones de Mahlum fue sacudida al enterarse que su padre era un adicto al juego. En esta sesión, explicará cómo se decidió a no dejar que las sorpresas y los desencantos la descarrilaran al convertirse en una apasionada corredora, y eventualmente, inició un club no lucrativo de corredores, para personas indigentes. Esta presentación discute la importancia de tomar el control de tus decisiones y de recordar que todos, sin importar estatus, desean ser reconocidos, aceptados y amados.

Creció en Bismark, Dakota del Norte, y tuve una infancia sorprendente. Era bastante buena en los deportes; me iba bien en la escuela; tenía muchas amistades; y me tocó también que los chicos me procuraran en el parque. También pensaba que tenía la vida hecha para cuando tenía 12 años.

Tenía tan hecha la vida que de hecho tenía una caja debajo de mi cama de cómo pensaba que iba a ser mi mundo cuando fuera mayor. Y dentro de ese cajón había fotografías de enormes casas blancas con bardas de jardín, y fotografías de cómo pensaba que serían mis hijos y de cómo iba a ser mi esposo. Pensé que la vida sería así de fácil. Porque, a los 12 años, así era.

A los 16 años me sirvieron una amarga dosis de realidad. Papá llegó a casa temprano del trabajo y me preguntó, a mi hermano menor y a mi hermana mayor si pudiéramos salir un momento para que pudiera platicar con mamá. Nunca había ocurrido eso antes, y supe inmediatamente que algo no andaba bien. Pero nos salimos, y yo fui el primero en volver a casa. Mamá no estaba ahí, y mi papá estaba sentado arriba, demacrado y avergonzado y nada como esa figura de super héroe del papá que yo conocía desde hacía 16 años. Y ese fue el día en que descubrí que papá era adicto a las apuestas.

Obviamente, yo no tenía mucha experiencia con las adicciones, como chica de 16 años, de modo que no entendí cuando lo escuché. Pero pronto descubrí que ese no era el primer episodio de mi papá con la adicción. Ya había pasado por rehabilitación de las drogas y el alcohol cuando yo era niña. Y nunca vi a mi padre batallar con ninguna de esas cosas, pero mamá sí, durante años. Ella lidió con el engaño y las mentiras, trampas e irresponsabilidad—palabras que yo nunca usaría para describir a mi padre. Pero para ella, no iba a soportar pasar por eso otra vez. Y así como así, corrió a papá de la casa ese día.

Es importante saber que papá y yo teníamos una relación muy cercana. Era mi tipo de persona. Hay gente en la vida que ejercen un impacto realmente profundo en nosotros. Mi papá era mi mayor fanático. Recorría cuatro horas conduciendo para ir a verme jugar en un juego de baloncesto, y aunque tengo un tiro de salto decente, no soy tan bueno. Y para un chico de 16 años que amaba a su papá más que a nada en la vida, yo estaba realmente enojado.

Pasé los siguientes tres años en una relación bastante horrible con mamá. Ella me había arruinado la vida, y mis papás separados no era algo que tuviera en el cajón bajo mi cama. Traté de entender por qué papá no dejaba de ir al casino y por qué no podía dejarlo. Él no podía. Me trató de explicar que cada vez que iba al casino, estaba pensando en lo que iba a hacer cuando ganara. Papá no es una mala persona; es sólo un adicto. Sin embargo, comencé a estar en el lado donde estaba el engaño, y las mentiras y las trampas y la irresponsabilidad. Y quiero que sepan que realmente es difícil amar a alguien que es un adicto.

Entonces, yo necesitaba hacer algo con toda esa energía emocional negativa que traía por dentro Afortunadamente, como me gustan tanto el deporte y el ejercicio, comencé a correr. Pronto me rendí ante las hermosas lecciones que aprendes al correr. Correr te enseña que en la vida no hay más opción en la vida que tomar las cosas un paso a la vez. No hay manera de llegar a la milla uno o a la cinco, sin hacer el trabajo duro en el entretanto. Y cuando miras adelante y ves un cerro, o ves los baches, tienes que tomar una decisión. Puedes decir: Me doy media vuelta y me voy en ese sentido; yo ya corrí unas cuantas millas. O decir, Me voy a la izquierda o me voy a la derecha. Es tan fácil encontrar excusas en la vida. O podemos decir: ¿Y qué tal si simplemente me pongo a trabajar? ¿Qué tal si empujo y subo la cuesta? Porque si sigo adelante lo suficiente y trabajo duro, vendrán planicies y caminos hermosos adelante, que tal vez tenga menos baches.

Yo tomé esta decisión con mi vida: Voy a obtener todo lo que siempre he querido. Voy a obtener la vida que existe bajo mi cama en ese cajón. No necesito ser una víctima de las decisiones de mi padre. No tengo por qué actuar. No tengo que recurrir a las drogas o al alcohol. No necesito dejar que las decisiones de papá tengan un impacto negativo en mi si no lo deseo.

Entonces, fui a la universidad y me gradué con dos títulos. Decidí asumir préstamos para buscar una maestría, y también me gradué ahí. Estaba encendido y resuelto. Debía ser feliz, y no quería perder más tiempo. Necesitaba llegar a este lugar en este cajón.

Me encontraba en Philly, cuando frisaba 24, trabajando en una no-lucrativa. Y de los 24 a los 26, no tenía la menor idea de quién era yo. Había estado empujando y moviéndome tan rápido en la vida y estaba convencido de que si tan sólo llegar a este lugar en este cajón, me sentiría feliz. Entonces, comencé a cuestionar si realmente deseaba esas cosas. No creo que quiero tener hijos, y no estoy segura de quererme casar. No creo que quiero una enorme casa en zona residencial. Creo que deseo alguna significancia y algún propósito en mi vida. ¿Para qué estoy realmente aquí? ¿O sea…?

Y comencé a buscar tanto aquellas cosas que se me convirtió en obsesión. Estaba buscando bajo la roca proverbial, y me había comprometido con resolver qué hacer con mi vida. Si alguien pudiera tan sólo eso, sería genial. Realmente era un proceso muy solitario. Llegué al punto donde estaba tan frustrada que renuncié a mi empleo. Renuncié a mi trabajo porque pensaba que, si me quitaba la red de seguridad, o mi sábana de seguridad, me vería forzada a encontrar la solución.

Entonces, dejé mi trabajo, pero si hay algo que sé de mí misma en este momento de mi vida es que soy una corredora. Ya para entonces había corrido varios maratones. Estaba corriendo todos los días, a las 5:30 de la mañana, en primavera, verano, viernes, sábados, o martes--no porque alguien me dijera o me forzara, sino porque ese era el único lugar donde yo quería estar. Me sentía vivo. Me sentía al mando. Estaba auto empoderado, y me sentía fuerte e invencible.

Cada mañana, durante dos años, pasaba corriendo por un refugio para indigentes, y nunca pensé dos veces de la gente que veía en ese refugio—porque eran indigentes, y yo no tengo nada en común con alguien que no tiene un hogar. Yo corría del otro lado de la calle, con mis audífonos puestos. Pero por alguna razón, en mayo de 2007, un grupo de personas comenzó a saludar de a lo lejos. Soy de Dakota del Norte—si tú me vas a saludar desde allá, yo te devolveré el saludo. Pronto se comenzó a cocinar una química realmente divertida que se daba cada mañana. Y así, como si nada, se me vino una idea. ¿Por qué simplemente paso corriendo a estos amigos, dejándolos ahí? ¿Cómo es que me toca a mí ser la corredora y a ellos les toca ser los indigentes de la esquina? Y me sentía como que algo me atraía a ellos. Pronto descubrí por qué. Quizá era porque me recordaban tanto a mi papá, que es un adicto, y eso es con lo que yo asociaba la indigencia. Y él es gracioso y sarcástico, medio bronco en los bordes. Era casi magnético.

Me entusiasmé mucho con mi nueva idea, que era que iba a iniciar un club de corredores para estos amigos que viven en el refugio. Llamé al director del refugio, e intentó, de la manera más cortes, de decirme que la gente indigente no corre. Y yo contesté: “Si tan solo pudiera preguntarles. Y si pudiera preguntarles, yo estaré ahí tres veces por semana, lunes, miércoles y viernes. Traeré calzado y ropa. Nadie tendrá que hacer nada más.” Y me dijo que no me hiciera muchas esperanzas.

Bueno, como mencioné, renuncié a mi trabajo, y estaba entrevistándome para otras posiciones. Se me acerca una empresa enorme de Filadelfia, llamada Comcast, y querían que viniera a trabajar en su departamento de asuntos gubernamentales, con un sueldo de seis dígitos, opciones accionarias—ni siquiera sabía en ese entonces lo qué significaba eso—y prestaciones de seguros médicos. Era todo lo que podía desear a los 26 años. Y si hubiera cualquier parte de mí que deseaba esta vida que creía desear cuando niño, caray, esta era la oportunidad. Y la acepté. La acepté y pedí cinco semanas para poder iniciar esta cosa del club de corredores y dejarla en marcha y tener suficiente gente involucrada para que siga operando sin mí. Afortunadamente dijeron que sí.

Le insistí tanto al director de aquel refugio, que pronto me llegó un correo electrónico con los nombres de nueve individuos y sus tallas de calzado, que decía: "Está bien Anne, ¿qué sigue?" Estaba muy emocionada. Conseguí quien donara los zapatos para estas personas. Conseguí camisas. Conseguí los pantalones. Y preparé un contrato de dedicación porque iba a conocer por primera vez personalmente, a estos amigos. El contrato de dedicación dice: "Si quieres ser parte del club de corredores, tienes que hacer algunas cosas. Debes presentarte puntualmente; debes venir tres días a la semana, no dos días a la semana. Debes venir con una actitud positiva, y debes apoyar a tus compañeros de equipo.

Así que llego esa noche con mi contrato de dedicación, los zapatos, y la ropa para estos tipos. Ahí estaban, ocho varones afroamericanos y un hombre blanco, y todos con los brazos cruzados, mirándome y preguntándose qué está haciendo aquí un jovencita blanca y rubia. Se preguntaban qué sería lo que yo iba a obtener de esto y qué era lo que yo quería de ellos. Inmediatamente comencé hablándoles de mi papá, de correr y de cuanto me había servido a mí. No bromeo, sentí como que había encontrado a mi gente, después de dos años de no sentirme conectada con nadie y sin ser sociable y sin saber realmente lo que debía estar haciendo. Fue algo inmediato, y supe que debía ayudarle a estos amigos.

Compartí con ellos el contrato de dedicación, y todos como que se me quedaron viendo y se miraron unos a otros. Asintieron con sus cabezas, y podías ver que nadie los había mirado así desde hacía realmente mucho tiempo, si acaso, en todas sus vidas. Ahí estaba yo, una perfecta extraña, esperando la excelencia de parte de ellos. No les dije: “¿Saben qué? Ustedes son indigentes; debe ser realmente difícil vivir aquí. Va a ser imposible que puedan cumplir los tres días a la semana. Y va a ser imposible que se presenten a tiempo. Así que métanle ganas hasta donde puedan." No hubo negociación alguna en cuanto a lo que serían las reglas. Y cada uno de esos amigos firmaron el contrato ese día, y yo lo firmé también.

Tuvimos nuestra primera carrera el 3 de julio de 2007. Yo tenía algunos contactos con los medios, y quería que esto se supiera. Quería que la gente se involucrara. Así que les llamé y les dije lo que estaba pasando, y tuvieron la misma reacción: “Anne, la gente indigente no corre. Lo que estás diciendo es que está recabando fondos para los indigentes ¿correcto? No, no, no. Hay nueve personas de este refugio para indigentes que están corriendo." No lo podían creer. ¿Por qué? Porque los estereotipos que existen alrededor de los indigentes es que son perezosos, que no quieren trabajar duro, que es su culpa, que son peligrosos, que son adictos. Y existen esas generalizaciones de la gente corredora, especialmente a las 5:30 de la mañana, de que trabajan duro, son ambiciosos, dedicados y enfocados. Esas dos cosas no van de la mano. ¿Cómo va a ser corredor un indigente?

Esa mañana del 3 de julio, todas estas estaciones noticiosas y periódicos estaban presentes teniendo que conocer la respuesta a la pregunta que los consumía: “¿Por qué están corriendo estos indigentes?” Entonces se acercan para platicar con Mike, y Darren, y Joe. Las respuestas son así: “Quería conocer gente nueva." “Tengo 50 años, y ya era hora de que me pusiera en forma.” “Cuando estaba en servicio militar corría, y era bueno." "Quiero ver si todavía tengo lo que se requiere.” “Pensé que sería divertido.” Era palpable el sentido de humanización que descendió sobre estos reporteros, y comenzaron a escribir toda una serie de artículos. Comenzamos a salir en TV, y el grupo comenzó a crecer, y ya eran entre 20 y 25 personas. En las siguientes dos semanas, hubo dos observaciones sencillas que me ayudaron a darme cuenta de que esto es lo que debía hacer con mi vida.

La primera observación fue que estos amigos se estaban presentando cada día sin falta, y eran puntuales. Aprendí, a través del batallar de mi papá, que no puedes forzar a la gente a cambiar porque tú quieres, especialmente a un hombre maduro. Y la segunda observación fue la reacción que recibía cuando rastreaba sus millas al final de cada carrera y las desplegaba en un tablero que yo llevaba. Sus nombres a la izquierda, y los números arriba representaban las millas. Apenas ponía el marcador Sharpie enseguida del nombre de cada uno, y estos amigos se arremolinaban detrás de mí, estirándose sobre mis hombros para alcanzar a ver que anotara bien y les acreditara sus avances.

Ese fue el gran momento de iluminación para mí, pues me di cuenta de que todos somos iguales. Todos en ese salón—esos amigos, yo misma--todos estamos buscando la misma cosa. Queremos no pasar desapercibidos. Queremos ser apreciados y valorados y amados y atendidos. Hay cosas que buscamos todos los días. Las buscamos en las amistades, en nuestros trabajos, en nuestras relaciones íntimas. Si no las obtenemos, las dejamos. Descubrimos que las estamos buscando en otra parte.

Entonces se formó esta teoría en mi mente, de que estos tipos van a ser indigentes el resto de sus vidas, si no aprenden a amarse a sí mismos y a verse a sí mismos como alguien que es un corredor, un deportista, dedicado, enfocado y responsable. ¿Cómo cambiamos sus identidades, de aquellos que actualmente se ven a sí mismos como los inútiles, incapaces, indignos tanto como indigentes—y sienten que es su culpa que su vida esté así? ¿Cómo cambiamos la forma en que ellos se perciben a sí mismos?

Y luego ¿qué hay con toda la demás gente en los refugios por todo el mundo que necesitan un programa como este? Cuando tienes 26 y eres ingenua, te conviene porque no tienes la menor idea de cuánto trabajo tienes por delante. Además de eso, mi vida personal estaba finalmente aclarándose. Durante 10 años, lo único que sentía era ira y resentimiento sin encontrar razones por las que papá tenía que ser un adicto del juego, razones por las que mis padres tuvieran que separarse. Y ahora, darme cuenta de que puedo tomar todo ese dolor y usarlo para ayudar a la gente. Digo. No creo que pueda decirse más de esta historia perfecta de sanidad.

Así que hice lo que cualquier chica de 26 años haría, y llamé a mamá. Llamé a mamá y le dije: “Mamá, no voy a aceptar el trabajo ese de Comcast. Esto es lo que debo hacer con mi vida.” Me dice que estoy loca y que ya es hora de que madure. “¡Cómo que vas a dedicarte a eso! ¿Cómo trabajo? ¿Cómo vas a tener ingresos?” Dije: “Voy a recabar fondos.” Voy a convertir esto en una organización no lucrativa. Voy a contratar personal. Voy a desarrollar la programación.” a ¡Qué bueno que seas voluntaria, Anne, pero te pasas!”

Luego, llamé a papá. Mi papá, preocupado por mi seguridad, no le entusiasmó la idea. Llamé a mis mentores. La misma cosa. “¿Con cuántos ahorros cuentas?” Nada. “¿Tienes algo de experiencia en la operación de una no-lucrativa?" No. “¿Tienes algunos antecedentes de la indigencia?” No. “¿Realmente piensas que esto es una buena idea, Anne?” Me di cuenta de que ninguno de los adultos en mi vida me iba a validar, y que este era un momento en que debía hacerme algunas preguntas y estirar mis limitaciones.

Y había tres interrogantes.

Una: ¿Qué tal si todos tienen razón? ¿Qué tal si esta idea es solo un sueño guajiro y tonto y mejor pongo atención en madurar? Tal vez tenían razón. Tal vez debía aceptar el empleo, y podría ayudarles a estas gentes cuando pueda, pero tengo que procurar primero para mí. Les voy a ayudar cuando pueda ¿sí? Sabía que me pasaría el resto de mi vida preguntándome qué habría sido de esos nueve tipos y todos los demás a quienes pensaba que podría haber ayudado con el deporte. Y a través del deporte, ayudarles a amarse a sí mismos. No me dejaba opciones.

Dos: ¿Qué tal si todos tienen razón y no acepto este empleo, y si le meto todo mi tiempo y mi energía y mi pasión para ayudar a esos amigos, y luego todos me renuncian? La novedad se disipó; los medios se fueron; hacía frio; y nadie quiere ya correr en enero a las 5:30 de la mañana. Me quedaré sin trabajo y con el ego por los suelos. Soy una chica inteligente, por lo tanto, pensé en que más me valía buscar otro empleo, y poder recuperarme de eso.

Pero la tercera interrogante era: ¿Qué tal si funciona? ¿Qué tal si tengo razón? Porque el peor escenario no era tan malo cuando en verdad contemplas la realidad. Mi decisión se volvió bien fácil. Llamé a Comcast, les agradecí la oportunidad y busqué rodearme con gente bien inteligente. Comenzamos a construir a crecer y a aprender y a cometer muchos errores. Arreglábamos esos errores y luego cometíamos toda una serie de errores nuevos, y los arreglábamos también. En los siguientes seis años y medio, construimos una organización no lucrativa completamente operativa, con $7 millones de presupuesto y más de 50 de personal. Ayudamos a gente en más de 12 ciudades, con 46 por ciento de éxito en pasar a la gente de vivir en un refugio a vivir independientes, con capacitación laboral, empleo y vivienda—todo a través de ayudar a la gente a amarse a sí mismos y la manera en que se ven a sí mismos.

Pero seis años y medio después, es hora de que yo me dedique a algo más, otra vez. Es hora de crear algo más y retarme a mí misma en forma distinta. Ya puse lo mío, y ya pasé a otros la estafeta. Luego, inicié una compañía lucrativa alrededor de una compañía que había iniciado. Hice lo mismo con la comunidad, tratando de crear algo que ayudara a las personas y ayudara a las mujeres a convertirse en versiones más fuertes de sí mismos. Y llegará el tiempo en que también sea hora de pasar de eso a algo nuevo.

A veces nos enfrascamos tanto en nuestro trabajo, en nuestras relaciones, o en nuestra propia cabeza, haciendo lo mismo una y otra vez, y pensando que no tenemos control de nuestras opciones. Permanecemos en relaciones que ya no nos benefician. Permanecemos en empleos porque tenemos miedo de hacer algo distinto. ¿Qué tal si no me funciona? Realmente no me siento contenta aquí, pero le tengo mucho miedo a lo desconocido.

Todos vamos a experimentar desencantos en la vida---dolor, pesar, pérdida, y sufrimiento. Pero lo que he aprendido en mi vida, es que lo único que puedo controlar es a mí misma, y cómo me trato a mí misma, cómo te trato a ti, mi actitud, y cómo uso mi tiempo. Y cuando nos ocurren cosas, como que mi papá fuera un adicto y mis papás se separaran, yo también ahí tenía el poder de decidir. ¿Cómo voy a responder a los retos que se me presentan en la vida? Espero que todos ustedes descubran la diferencia entre lo que pueden controlar y lo que no pueden controlar, y que suelten esas cosas, entendiendo a la vez, respetando y acogiendo la diferencia.

Mahlum

Anne Mahlum es propietaria y Directora General de Solidcore, una compañía boutique de fisicultura que fundó en 2013. Anteriormente, fue Directora General de Back on My Feet, una organización no lucrativa que fundó en 2007. Mahlum fue nombrada Persona de la Semana de ABC World, Heroína de CNN, New Yorker de la Semana, y uno de los Máximos 40 Menores de 40, por el Business Journal tanto de Filadelfia, como de Washington, D.C.

 

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