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Mis verdades

Kechi Okwuchi

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La vida no es lo que te sucede, sino cómo reaccionas ante esos eventos. En esta sesión, Okwuchi comparte cuatro lecciones que ha aprendido a lo largo de su recuperación por haber sido uno de los únicos dos sobrevivientes de un accidente aéreo que la dejó con quemaduras de tercer grado en 65% de su cuerpo.

Mi nombre es Kechi Okwuchi, Soy una estudiante de 28 años de la Universidad de Santo Thomas-Houston, sobreviviente de quemaduras/paciente embajadora para los Hospitales Pediátricos Shriners. Creo que Dios ha puesto seres humanos sorprendentes en lugares clave de mi vida y ha trabajado con ellos para permitirme ser quien soy ahora.

Ahora, quisiera compartir con ustedes cuatro verdades muy importantes sobre las cuales he tratado de vivir mi vida desde el 10 de diciembre del 2005. ¿Por qué esa fecha? Porque esa es la fecha en la que la vida como yo la conocía, cambió completamente. Espero que conforme comparta estas verdades, mis verdades, con ustedes, por lo menos alguien se beneficie de ellas en cierta forma.

Mi historia inició en Nigeria el 29 de octubre de 1989, fecha en la que nací en el hogar alegre de mis maravillosos padres.

La mía fue una infancia muy feliz y mi experiencia nigeriana de la preparatoria fue bastante normal. Fui una chica adolescente común, tan ensimismada como cualquier otra. Me gustaba hablar sobre chicos, música y moda… y me encantaba salir con mis amigos. No era yo diferente a los otros chicos de mi edad.

Entonces llegó el 10 de diciembre del 2005. Tenía 16 años.

Me dirigía a casa para la Navidad en un vuelo local con 108 pasajeros más, 60 de los cuales eran compañeros estudiantes de mi escuela preparatoria. Todo lo relacionado con el vuelo era normal, hasta unos 20 minutos antes de aterrizar, cuando el avión falló en su descenso al aeropuerto y se estrelló. Se perdieron 107 de las 109 vidas a bordo, incluyendo a todos los estudiantes de mi escuela.

Únicamente dos personas sobrevivimos, yo y otra mujer joven llamada Bunmi, a quien no conocía antes del accidente. Sufrí quemaduras de tercer grado en más del 65 por ciento de mi cuerpo. Inmediatamente, me enviaron a Sudáfrica, en donde contaban con el equipo necesario para atender el nivel de quemaduras que tuve.

Así lucía cuando estuve en el coma inducido en el hospital de Sudáfrica. [imagen]

Desde el momento en que ocurrió el accidente tuve muy poco control sobre los eventos que se dieron en mi vida, ni buenos ni malos. Sin embargo, lo único sobre lo que tenía control absoluto, era mi reacción ante estos acontecimientos. Esto se encontraba completamente basado en las cuatro lecciones que aprendí en el curso de mi recuperación: lecciones sobre fe e identidad, cómo salir adelante, tomar riesgos y a vivir unos con otros.

Mi fe e identidad van mano a mano en realidad. Después del accidente, desarrollé una relación un tanto remota con Dios, generalmente a través de mi madre. Llegué al punto, sin embargo, en el que fui forzada a darme cuenta de que si yo deseaba cualquier tipo de sanación más allá de lo físico, tendría que desarrollar una relación más directa con Él.

Entre más comencé a aprender sobre Dios, más curiosidad sentía sobre mi apariencia después del accidente. Quise saber cómo se veía mi rostro. Sabía que mi madre estaría preocupada por mi reacción, y honestamente, yo también lo estaba, aunque no por las razones que se pueden imaginar. No necesariamente me inquietaban mis rasgos; me preocupaba más mi reacción a ellos. ¿Cómo afectaría mi nuevo rostro a mi personalidad, a mi autoestima y a mi confianza? ¿Qué tanto estas cualidades eran determinadas por mi apariencia?

¡Resultó que ni en lo más mínimo! Cuando mi madre elevó un espejo sobre mi cara, vi mi reflejo por primera vez después del accidente y vi las cicatrices y lo desfigurada que estaba, pero aún podía distinguir a Kechi ahí. No pude explicar el gran alivio que sentí en ese momento, pues esto significaba que aún podría seguir siendo yo y podría seguir actuando como yo, a pesar de verme tan radicalmente distinta.

Me di cuenta de que existen virtudes internas y eternas que creo que Dios puso dentro de cada uno de nosotros y que son mucho más importantes que nuestra forma física. Así, pude definir mi identidad con esas virtudes, dado que, al saber que lo físico no le importaba a Dios, esto dejó de importarme también.

Así que esta fue mi primera verdad: Mis cicatrices y mi apariencia física no me definen. Esto no representa a mi identidad completa. No todas las cicatrices son tan evidentes como las mías; algunas personas tienen cicatrices invisibles que dañan al corazón y al alma, pero la gente más fuerte que conozco son aquellos que has permitido que sus marcas sean parte de su historia….parte del proceso de convertirse en mejores versiones de sí mismas.

La segunda lección para mí llegó al recuperarme de la depresión de perder a tantos amigos en el accidente. Me preguntaba: ¿Seré capaz de seguir adelante aún con este dolor paralizante? y si es así... ¿De qué manera?

Supe la realidad del accidente después de cuatro meses de tratamiento en Sudáfrica — que solo dos personas sobrevivimos y que los 60 estudiantes de mi escuela ya no estaban. Lloré por dos días seguidos. Lloré hasta quedar exhausta. Entonces, desperté y volví a llorar más. Tuve una horrible y desesperada sentimiento de un profundo dolor al saber que había perdido a tantos amigos cercanos. Mi madre y mi abuela rezaban por mí y me consolaban. Me decían que nadie sabe porqué las cosas ocurren, y pensé para mí misma: Eso es tan cierto. ¿Por qué preguntar por qué? En lo que a mí concierne, ninguna razón justificaría la pérdida de tantas vidas. En lugar de divagar entre los “porqués” y “si tan solo…”, sería de más utilidad intentar sacar fuerzas de los recuerdos de los que ya se habían ido, para vivir mi vida de una forma en que ellos y sus seres queridos se enorgullecieran. De ahí en adelante, fue así como decidí vivir mi vida; cómo decidí seguir adelante.

Esta fue mi segunda verdad: Para mí, avanzar significa reconocer la existencia de alguna dificultad en la vida, sin importar lo que esta implique y optando porque me fortalezca y no me paralice. Definitivamente esta es mi opción, Me digo a mí misma: “Si, Kechi, está bien dolerse y sufrir y llorar y sentir dolor por alguna situación difícil, pero también hay que entender que en algún momento tendrás que decidir si quieres quedarte ahí o no.”

Los tratamientos continuaron en América, y conforme fui viviendo mi vida también intenté recordarme mis dos verdades, y contaba con el mejor sistema de apoyo para ayudarme.

Finalmente volví a la preparatoria y entré a la Universidad con una beca académica y, Dios mío, la excelencia académica era tan importante para mí. Te dire porqué….

En parte esto fue porque yo quería probarme a mí misma y a los demás que mis capacidades estaban bien. No quería tomar ningún atajo ni que se me tuviera mayor consideración. Al ser un paciente en el Hospital Shriners para niños en Galveston me había demostrado que había gente, niños, incluso infantes que estaban en condiciones mucho peores que yo, así que no tenía derecho alguno a utilizar mis lesiones como una muleta o una razón para no trabajar por esa “A” tanto como cualquier otro estudiante. Esto me trae a la mente algo que el aclamado productor musical nigeriano Cobhams Asuquo solía decir durante una plática que realmente me impactó: “El mérito te llevará mucho más lejos que lo que te podrá llevar la lástima” Palabras sabias, de hecho. No quería nada que no me ganara.

Mi segunda razón para luchar con tanta fuerza por la excelencia académica fue porque para mí, mi grado académico no era sólo para mí. Era para esos otros 60 chicos que perdieron sus vidas en ese accidente y nunca tuvieron la segunda oportunidad que yo sí tuve de crecer y perseguir mis sueños. Quería hacer que sus padres se sintieran orgullosos de esta vida que se salvó aquel día. Sabía que estaba en la mira, siempre tendiéndome la mano para motivarme y para rezar por mí. Quería representar algo positivo en una situación tan horriblemente negativa y colmada de dolor para ellos.

Me sentí tan feliz y tan humilde cuando pude graduarme entre los mejores 10 de mi clase summa cum laude con un título en economía en 2015. Este fue mi último tributo a esos 60 ángeles.

Avancemos un poco al 2016, cuando comencé mi programa MBA en mi alma mater. Alrededor de ese entonces fue que conocí mi tercera verdad, la cual se basa en arriesgarse.

Me di cuenta de que si esperaba a que llegara el temor que llega sin tomar riesgos para después retirarme antes de hacer algo nuevo, nunca haríamos nada nuevo. Desde entonces siempre se trata de miedos, de una u otra forma. Tienes que elegir tus miedos.

Para mí, era preferible tener miedo mientras se hace algo, en lugar de tener miedo a hacer algo. Optar por el miedo es una muy buena manera de evitar los “y qué tal si…” y “si tan solo…”.

Tomen mi experiencia del año pasado; Concursé en el show de TV de America’s Got Talent. “AGT” constituyó la forma más pura de riesgo que había tomado nunca en mi vida… y esto lo dice alguien con más de 100 cirugías! Fue algo que nunca hubiera hecho si mi amiga no me hubiera presionado para hacerlo. Ella me inscribió sin decirme, pues sabía que yo sola nunca la hubiera hecho. ¡Cuando menos pensé, me llamó un descubridor de talentos de AGT, y unos meses después estaba en TV nacional!

Aún no lo puedo creer. Si mi amiga no hubiera hecho lo que hizo, y de no haber tomado el riesgo de continuar, aún seguiría convencida de que mi talento no es competitivo. La verdad es que, aún se me dificulta pensar que lo es, y sigo luchando contra las voces en mi cabeza que me dicen que llegué así de lejos sólo por mi historia. Esto me lleva de nuevo a rechazar todo lo que no haya yo realmente ganado, esto fue una preocupación personal muy seria cuando estuve en el show. Sin embargo, terminé por convertirme en una de las 10 finalistas del show porque mi amiga vió algo en mí que yo no veía.

La verdad es que nosotros, como individuos, nos reprimimos mucho más que lo que cualquier otra persona lo haría. Somos nuestros peores críticos y nos limitamos a nosotros mismos a no tomar riesgos ni explorar oportunidades más que lo que nadie más lo haría.

Para mí, esto significó que tenía que salir de mi cabeza y darme cuenta que existe un plan más grande de trabajo fuera. Creo que Dios transformó el escenario de AGT en una plataforma para que compartiera no solo mi talento, sino también mi historia con un público global de forma que con esperanza impactara a la gente de forma positiva.

Mentiría si dijera que esta era la trayectoria hacia donde veía que se dirigía mi vida, aunque les puedo decir que cuando tomas riesgos y eliges el miedo, pueden ocurrir cosas sorprendentes. Esto me lleva a compartir mi cuarta y mi quinta verdad: Las mejores cosas en la vida ocurren fuera de tu zona de confort.

Mi talento en America’s Got Talent fue el canto. Para concluir, me encantaría compartir una de mis canciones favoritas con ustedes. Esta canción se llama “Conquistador” de Estelle, y esta fue de hecho mi presentación final en AGT. Espero que la disfruten.

Okwuchi

Kechi Okwuchi es un cantante y conferenciante motivacional Nigeriana. Fue uno de los dos sobrevivientes del accidente del Vuelo 1145 de Sosoliso Airlines, en 2005. Logró superar los sus obstáculos físicos, mentales y emocionales para graduarse con la Máxima Mención Honorífica como licenciada en economía y mercadotecnia en 2015. En 2017, tuvo una exitosa audición para participar en el programa televisivo America's Got Talent alcanzando a calificar en segundo lugar del concurso.

 

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