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Sin Límites

Dr. Caroline Casey

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Casey demuestra la importancia de creer en ti y serte fiel a ti mismo con una historia inspiradora sobre la resistirse a las limitaciones y rebasar las expectativas. Su jornada incluye recorrer India sobre el lomo de un elefante y afrontar la discapacidad como el elefante en el salón—y cómo descubrió que sólo necesitaba visión—no los ojos—para ver. Presentada en la Reunión Anual MDRT 2017.

¿Alguno de ustedes recuerda qué quería ser al llegar a los 17 años? ¿Saben qué quería ser yo? Yo quería ser una chica motociclista. Quería competir en autos de carreras, quería ser una vaquera, y quería ser Mowgli de El Libro de la Selva, porque en todos esos casos eran personajes libres, cabello al viento, sólo ser libre. El día que cumplí 17 años, mi padre, qui(Without Limit)en sabía cuánto amaba la velocidad, me dio una lección de manejo que infundió en mí el sueño de manejar, sin que él tuviera la menor intención de permitirme alguna vez subirme a una motocicleta.

Y el día que cumplí los 17 años, acompañé a mi inocente hermanita a ver a un especialista en ojos, como lo había hecho toda mi vida--mi hermanita tenía problemas de vista. Puesto que las hermanas grandes siempre apoyan a sus hermanas pequeñas, a mí, que iba sólo para acompañarla, también me revisaron los ojos, aprovechando el viaje, pues mis padres así lo pidieron.

Y el mero día de mi cumpleaños 17, después de mi “examen de vista de mentiritas”, el oculista se dio cuenta que era mi cumpleaños y me preguntó “¿Y qué es lo que vas a hacer para celebrar?” Así que solicité la clase de manejo y dije, “Voy a aprender a manejar.”

De repente, hubo un silencio total, de esos horribles silencios cuando te das cuenta de que algo anda mal. El especialista volteó a ver a mi madre y le dijo “¿No le han dicho todavía?” El día de mi cumpleaños 17, como diría muy bien Janis Ian, “supe la verdad a los 17 años.” Soy, y he sido de nacimiento, legalmente ciega. ¿Y saben qué? ¿Cómo es posible que llegué a los 17 años sin saberlo? Bueno, aunque no lo crean, no fue un accidente.

Yo soy la mayor de tres. Nací en 1971 y a pocos días de haber nacido, mis padres se percataron que tenía una condición llamada Albinismo Ocular – un nombre raro. ¿Pero qué significa? Les voy a decir. Más allá de mis manos, el mundo es todo borroso. Cada hombre en esta habitación es George Clooney. Y cada una de ustedes es una mujer hermosa. Cuando quiero verme hermosa, me retiro a medio metro del espejo y no tengo que ver esas líneas marcadas en mi cara de tanto estar cerrando los ojos toda la vida por todas las luces brillantes alrededor.

A los tres años y medio de edad, poco antes de empezar a ir a la escuela, mis padres tomaron una muy valiente decisión. No iría a ninguna escuela especial. No sería etiquetada. No habría limitaciones. Mi potencial y mis habilidades no serían limitadas con la etiqueta de “discapacitada.” Así que decidieron decirme que yo podía ver como todos los demás y que me mandarían a una escuela “normal.” Yo crecería y de la experiencia aprendería cómo adaptarme, cómo encontrar soluciones, cómo ser dura y resistente, y cómo sobrevivir cuando ellos ya no estuvieran cerca para protegerme.

Pero, algo más significativo, me dieron la habilidad para creer totalmente, creer que yo podía. Así que cuando escuché al especialista decir que nunca manejaría, que habría cosas que nunca haría, que tenía una discapacidad, todo el mundo se imaginó que estaba yo desolada. Y no me lo tomen a mal, porque la primera vez que lo escuché del especialista, aparte de pensar que él estaba loco de remate, sí sentí que me pesaba una piedra dentro de mi pecho. Ya saben, ese “¿Qué onda? ¿Qué traen?” Pero me recuperé muy rápidamente. Lo primero que pude pensar fue en que mi mamá estaba a mi lado, llorando. Y salí del consultorio del optometrista diciendo, “Voy a manejar. Voy a manejar. Ustedes están locos. Voy a manejar. Yo sé que puedo manejar,” con la misma terca determinación que mi padre me había inculcado desde que era niña. Me había enseñado a navegar con vela, aunque nunca veía. No podía ver la orilla y no podía ver la vela. Él me decía que simplemente “creyera” y sintiera el viento en mi cara.

Y el sentir ese viento en mi cara me hizo creer que el doctor estaba loco y que yo manejaría y que yo podía ver. Y, durante los siguientes once años juré que nadie se percataría que yo no podía ver. Porque yo no quería ser un fracaso ni quería ser débil. Así que le entré a la vida como toro de lidia, como sólo un Casey lo puede hacer.

Me convertí en arqueóloga – y rompí cosas. Después administré un restaurante – y me resbalaba a menudo. Luego fui masajista; fui diseñadora de jardines; y luego fui alumna en una universidad de negocios y obtuve una Maestría en Administración de Empresas. Y terminé obteniendo un trabajo como consultora en Accenture – ¡y no se dieron cuenta que no podía ver! Es extraordinario hasta donde puedes llegar con lo que crees.

En 1999, después de dos años en ese trabajo, algo sucedió. Sin aviso previo, mis ojos decidieron que ya habían tenido suficiente. Y temporalmente, muy inesperadamente, perdí la tercera parte de lo que me quedaba de vista. Estaba en uno de los ambientes más competitivos del mundo, donde trabajas duro, te juegas duro – y “tienes que ser el mejor.” Tenía dos años en ese trabajo, realmente podía ver muy poco. Y de repente… me encontré frente a un Gerente de Recursos Humanos en 1999 diciéndole algo que nunca me hubiera imaginado decir. Tenía 28 años, había creado una imagen personal de éxito y de fuerza, pero ya no tenía otra opción más que admitirlo diciendo a todo volumen, “lo siento, no puedo ver y necesito ayuda.”

Pedir ayuda puede ser algo increíblemente difícil. Y todos ustedes lo saben, no tienes que tener una discapacidad para saber esto. Saben ustedes lo duro que resulta admitir debilidad y fracaso, y da mucho miedo ¿verdad?

Toda la fe que había sido el combustible que me había impulsado durante tanto tiempo, la fe que me permitía funcionar tan bien en un mundo visible y visto, cuando yo misma no lo veía, desapareció. Es un milagro cómo había sobrevivido a esto tanto tiempo. Es verdaderamente duro, verdaderamente. Te puedo decir que los aeropuertos son ahora un desastre, ir de compras es una pesadilla, me dan terror las multitudes, y las conferencias (donde no puedo reconocer a la gente) son imposibles y a veces vergonzosas. Termino hablando con extraños, golpeándome con las puertas, me meto a los baños de caballeros, y hasta platico con las estatuas.

¿Saben lo desgastante que es tratar de ser perfecta cuando no lo eres? ¿O ser alguien que no eres?

Así que, después de admitirle a Recursos Humanos que no podía ver, fui a ver a un especialista de ojos. Y no tenía idea de que este hombre cambiaría mi vida. Ese oftalmólogo ni siquiera se molestó con hacer una revisión de mis ojos, fue terapia. Me hizo preguntas tales como “¿Por qué luchas tanto por no ser tú misma?” y “¿te gusta lo que haces, Carolina?”

Por supuesto que me fascinaba lo que hacía, pues eso es éxito ¿verdad? Cuando vas a trabajar a una empresa de consultoría global y te dan un trabajo, “Amo a Accenture, Amo mi trabajo, Amo a Accenture, Amo mi trabajo, Amo a Accenture.” Dejar ese trabajo sería un fracaso. ¿Me atrevería a decirme a mí misma que no estaba contenta, que no sabía quién era yo? Yo realmente no podía hablar con el oftalmólogo, estaba tan sofocada.”

Y entonces preguntó “¿Qué querías ser de grande cuando eras pequeña?” Miren, no le iba a decir que quería competir en autos de carreras y motocicletas. Ya pensaba que estaba suficientemente loca, de por sí. Y cuando ya iba yo saliendo de su consultorio, me pidió que entrara de nuevo y me dijo, “Creo que es tiempo de dejar de luchar y hacer algo distinto.”

Al cerrarse la puerta tras de mí, en ese silencio justo afuera del consultorio médico, silencio que muchos conocemos, mi pecho me dolió y no tenía idea a donde me dirigía. No tenía idea, pero bien que sabía que el juego había terminado. Me fui a casa, pues el dolor en el pecho era muy fuerte. Decidí salir a correr, lo cual era algo muy sensato. Salí a correr en un trayecto que conozco perfectamente, como si fuera la palma de mi mano, siempre lo había recorrido corriendo perfectamente y nunca me había caído (ni me había equivocado) quizás porque siempre había creído que podía ver.

Y allí está, esa piedra en esa playa que siempre he librado, nunca me he tropezado con ella, nunca. Pero este día, estaba con el corazón herido, enojada y llorando, y no vi la piedra, y me caí duro, fuerte y me estampé contra mi roca. Rota, caída, sobre esa roca a mediados de marzo de 2000 en un típico clima irlandés, ¡un miércoles!, gris, con mocos y lágrimas por todos lados, ridículamente autocompasiva. Estaba tumbada en el piso y rota. Y estaba enojada. Y no sabía qué hacer. Y allí me quedé sentada un buen rato, preguntándome cómo me iba a bajar de esa piedra. Porque ¿quién sería yo ahora? ¿Qué iba a hacer? Y pensé en mi papá, y pensé ¡cuán desilusionado de mí se sentiría! Ya no sentía el viento contra mi cara como él me había enseñado.

Y en mi mente daba vueltas y vueltas a este pensamiento ¿Qué había pasado? ¿Dónde me había equivocado? ¿Por qué no entiendo? ¿Y saben lo más extraordinario de todo esto? Sencillamente ya no tenía respuestas, había perdido mi fe.

Miren a donde había llegado con mi fe. Y ahora la había perdido y ahora realmente no podía ver. Estaba apachurrada. Y entonces, recuerdo estar pensando sobre las preguntas que me hizo el oculista. “¿Qué quieres ser? ¿No crees que deberías hacer algo diferente? ¿Qué es lo que te gusta? ¿Qué serás tú? ¿Qué querías ser cuando eras pequeña? Haz algo diferente. ¿Qué quieres ser? Haz algo diferente.”

Y muy lenta, lentamente sucedió, y sucedió de esta manera. Y en el momento en que sucedió, explotó dentro de mi cabeza y le pegó a mi corazón: ¡Algo diferente, el doctor dijo que hiciera algo diferente! Haz algo diferente. Bueno, ¿qué tal Mowgli de El Libro de la Selva? ¡No hay nada más diferente que eso!

En ese momento, y quiero decir en ese preciso momento, me pegó como un rayo de sol que no esperaba. Era como algo en lo cual yo debía creer. Nadie podía decirme que no. Sí, podrían decirme que no puedo ser arqueóloga, pero nadie me podía decir que no podía ser Mowgli, porque ¡nadie lo había hecho antes! Así que lo iba a hacer, y no importaba si era niño o niña.

Así que me bajé de la roca en la que estaba trepada y, se los juro, corrí hasta casa. Corrí a alta velocidad y no me caí y no choqué. Subí corriendo por las escaleras, y tomé mi libro favorito de toda la vida, Mis Viajes en Elefante, de Mark Shand. Saqué el libro y me dije, “Yo sé lo que voy a hacer. Yo sé cómo ser Mowgli. Viajaré por la India, sentada en el lomo de un elefante. Voy a aprender a manejar elefantes.”

No tenía la menor idea de cómo me iba a convertir en un domador de elefantes. ¿De consultor gerencial mundial a manejador de elefantes? No tenía la menor idea de cómo hacerlo. No tenía idea de cómo contratar un elefante; no habló hindú. Nunca había estado en la India, no tenía idea. Pero sabía que lo iba a hacer. Porque cuando tomas una decisión en el momento preciso y en el lugar preciso, el universo hace que las cosas sucedan, pero no tenía la menor idea de cómo hacerlo.

Pero esto no era simplemente un ridículo viaje en elefante. Lo admito, yo necesitaba vivir un “sí” en vez de estar lidiando con “nos”, y tenía que encontrar la confianza en mí misma. Pero el viaje se convirtió en mucho más, porque mientras más pensaba en mi lucha con mi identidad como una personal con una discapacidad y pasaba de mi autocompasión y mi falta de vista, empecé a pensar en los mil millones de personas en el mundo que sufren de una discapacidad y se les discrimina, se le hace a un lado o se les deja fuera, y no podía dejar de pensar en eso. Yo quería cambiarlo. ¿Por qué una discapacidad se convierte en un problema global tan grande? ¿Por qué se trata tan mal a las personas discapacitadas?

No lo entendía. Y es que sencillamente somos personas. Las personas con alguna discapacidad son personas antes de ser discapacitados. No somos condiciones médicas. Somos seres humanos. Y, sí, una parte de nosotros no funciona muy bien, pero somos simplemente personas como cualquier otra y tenemos derecho a tener la vida que deseamos y utilizar nuestras capacidades y lograr nuestro potencial sin que otros decidan por nosotros diciéndonos quiénes somos y qué somos.

A diferencia de otros temas sociales, nosotros no tenemos un Bono o un Nelson Mandela que aboguen porque nos incluyan. No tenemos líderes de negocios. No los tenemos, y los necesitamos. Los necesitamos a ustedes. Ustedes ya saben y necesitamos hablar de esto, porque cuando no se habla de nosotros, permanecemos invisibles.

Da miedo ver cómo los demás ven, entienden o representan a los discapacitados. Nada más piensen en las películas de James Bond. ¡Todos los criminales tienen una discapacidad! Piensen en “Tiburón” ¡Es un monstruo! En el libro de Dan Brown, el criminal era albino. Yo soy albina. ¿Dónde está la “verdadera” persona? no el show de fenómenos o los casos de caridad pública que vemos con compasión.

Y, dejen que les diga, lo más asombroso que ha sucedido fue cuando decidí aceptar que no podía ver tan bien, cuando eventualmente me rendí ante la realidad, cuando dejé de luchar y me vi a mí misma de nuevo, vi y sentí la persona que era y no dejé que mis ojos me definieran, entonces mi sueño de niña se hizo realidad.

Cuando acepté que mis ojos eran solamente una parte de mí, pero no eran mi todo, fue sorprendente, pues nueve meses después, después de ese día en esa roca, tuve la única cita ciega de toda mi vida con un elefante de casi tres metros de altura llamado Kanchi. Y juntos logramos recorrer 1,000 kilómetros a través de India. Yo estaba sola, bueno, con seis hombres de India hablando varios idiomas y haciendo muchas representaciones, pero yo iba sola. Y lo más extraordinario y fuerte de este viaje no fue lo que no logré antes del viaje en elefante -lo que si logré- pero fue que estaba creyendo en algo equivocado. No estaba creyendo en mí misma, mi yo verdadero, mi yo completo. Yo ya era otra persona.

¿Saben que muchos de nosotros tenemos la tendencia a querer ser alguien que no somos? ¿Y que cuando creemos en nosotros mismos y todo lo que nos rodea, cosas extraordinarias suceden? En esos 1,000 kilómetros lograron que juntáramos suficiente dinero para poder llevar a cabo 6,000 operaciones de cataratas – 6,000 personas lograron ver por el viaje que hicimos.

Pero lo más importante es que cuando regresé a casa, me separé de mi trabajo en Accenture. Dejé la empresa y me convertí en una empresaria social. Establecí una organización con Mark Shand que llamamos “Familia de Elefantes” cuyo fin es conservar los elefantes de Asia. Y formé Kanchi, una empresa con fines sociales cuya misión es liberar el poder y valor del billón de personas a nivel mundial que tienen alguna discapacidad, y la organización estuvo siempre destinada a tomar el nombre de mi elefante, pues la discapacidad es el elefante en el recinto. Y quiero que ustedes lo vean de una manera positiva, no como una caridad o un acto de piedad. Quise trabajar sólo con líderes de negocio y medios para darle un contexto diferente a las discapacidades, para lograr que hubiera emoción y que se hiciera posible. Fue extraordinario. Es lo que quería hacer. Y no volví a pensar en la palabra no, en no tener vista. Sólo me pareció que era posible.

Y, aun así, les comento esto. Cuando venía viajando hacia acá para ser Conferenciante en MDRT, estaba petrificada. Sí puedo hablar ante un público, pero este es un auditorio sorprendente. Es el público más numeroso que he tenido en mi vida y durante las últimas 48 horas he estado pensando ¿Qué hago aquí? No soy famosa. No soy una celebridad o una presuntuosa personalidad. Soy sólo una mujer con una historia y una misión. Me recordó lo que sentí cuando viajé a TED en 2010 cuando pensaba que simplemente no podría hacerlo. Y tuve que recordarme a mí misma antes de subir a este escenario esta mañana, que ser yo misma es suficiente. Es algo que debemos estar recordándonos constantemente. No es fácil de hacer.

Así que aquí estoy. Esta soy yo, toda yo, con mis ojos que funcionan y todo lo demás (a 17 años de haber salido del “closet de los ciegos”) soy una soñadora peligrosa, alguien que ha bailado durante los últimos 17 años con pérdidas profundas, tristeza, enorme éxito, múltiples reconocimientos, un matrimonio fracasado, enamorarme de nuevo, perder un negocio, rescatarlo y hacerlo crecer de nuevo. He tenido temor y miedo, he fracasado localmente y he logrado de manera mágica. No soy especial, pero soy yo, y he aprendido con cada subida y caída que cada vez que pretendo ser otra persona, cometo un error. Que cuando oculto partes de mí, vuelvo a caer. Todos escondemos nuestros detallitos por un temor desesperado de que la gente nos juzgue. Tenemos miedo de ser vulnerables por miedo a ser vistos como débiles.

Pero lo que he aprendido es que tenemos opciones para reaccionar ante las cosas y eso hace una gran diferencia. He aprendido que cuando verdaderamente me abrazo a mí misma, a toda mí, logro un potencial que nunca hubiese imaginado, por ejemplo, no estaría aquí ante ustedes en este escenario.

He descubierto que, si nunca te das por vencido, siempre encontrarás un camino. Porque si no te das por vencido puedes lograr casi todo. Si estás dispuesto a ser flexible y quizás hacer las cosas de otra manera, lo puedes hacer realidad. ¿Y la prueba de esto? ¿Saben? Sí logré manejar ese automóvil. Manejé a unos 97 kph alrededor del circuito Grand Prix de Malaysia, cinco vueltas, y nunca me salí de la pista. ¿Y saben qué? Hice esa carrera en competencia con un hombre ciego y fue fenomenal.

He aprendido que en la adversidad y la lucha existe una sorprendente oportunidad. El año pasado estuve en un escenario de MDRT, un escenario más pequeño, y en un momento de temor, junto con un desafío hacia un hombre que la noche anterior me había dicho que mis sueños eran demasiado grandes y que debería de bajarle un poquito y hacer un papel más pequeño y dar por perdidos mis grandes planes, le dije al público que quería mostrar a ese hombre que estaba equivocado. Y ese día el público estuvo maravilloso y me dio mucho apoyo. Me dieron el valor para luchar por lo que yo quería. Y estoy muy orgullosa de contarles que en seis semanas haré lo que ese hombre me dijo que nunca lograría. Estaré cumpliendo con el segundo sueño de mi niñez y seré una “vaquera” que montará a caballo los 1,000 kilómetros a través de América Central para dar inicio a una campaña global para que las discapacidades sean tomadas en cuenta en la Agenda Global de Negocios.

Cuando comencé con este trabajo hace 17 años, ni una persona, en el mundo de los negocios corporativos quería hablar conmigo, ni una. ¡Con esta campaña histórica y contra todas las adversidades, estaremos trabajando con siete de las mayores marcas del mundo con la ambición de llegar a 100 millones de personas! Esta irlandesa vaquerita que ha manejado elefantes no está dispuesta a darse por vencida, porque cree que esto tiene que suceder. He aprendido, sin temor a equivocarme, que la única manera de hacer que las cosas sucedan es creer que podemos hacer que sucedan.

Así que antes de irme y ponerme mi sombrero de vaquerita, quiero decirles unas pocas cosas más:

Gracias a MDRT por creer en mí. Gracias. Este viaje comenzó con ustedes. No debemos olvidar el efecto que nuestros comportamientos y creencias ejercen sobre la gente, los demás, y qué tan importante es tener a la gente adecuada a nuestro alrededor. Recuerden la fuerza que genera el que otros crean en ti. Yo estoy aquí porque muchos otros creyeron en mí.

Tu vida no se define por una sola cosa, una etiqueta, una historia; empiezas de nuevo cada día.

Tómate el tiempo para invertir en tus sueños y pasión, pero invierte la mayor parte en ti mismo. Escucha a tu instinto visceral y a tu corazón, e invierte en aprender de ti mismo, tu verdadero yo porque allí es donde está el polvo de oro. Mientras mejor actuemos como nosotros mismos, seremos mejores hombres de negocios, parejas, miembros de nuestra familia y amigos.

He aprendido que los automóviles y las motocicletas y los elefantes no son la libertad. Ser totalmente sincero contigo mismo es libertad.

Y nunca tuve que ser perfecta; nunca necesité ojos para ver, nunca. Simplemente necesitaba visión y fe. Y si realmente crees, y quiero decir que crees desde el fondo de tu corazón, puedes hacer que las cosas sucedan.

Quiero ser parte de quienes haremos un mundo en donde todos seamos parte de una realidad. Necesitamos lograr eso. Y no me voy a dar por vencida. Porque cada uno de nosotros; mujer, hombre, gay, derecho, discapacitado, perfecto, normal o lo que sea; debe dar lo mejor de si mismo. Yo ya no quiero que haya personas invisibles. Todos debemos ser incluidos. Y vamos dejando las etiquetas, evitemos etiquetarnos, no somos frascos de mermelada. Somos, extraordinariamente, personas diferentes y maravillosas.

Dr. Caroline Casey, Amante de las aventuras y empresaria exitosa cuya pasión y ambición de llevar una vida sin límites y etiquetas es realmente contagiosa. Como asesora, mentor, miembro del consejo y oradora internacional, Casey realmente tiene la habilidad de conectarse con la gente. Desde haber tomado una decisión que cambio su vida, a los 28 años, de dejar su exitosa carrera como consultora empresarial para recorrer India en un elefante, y ha sido reconocida como pionera e innovadora en su manera de cambiar las actitudes y percepciones de la discapacidad enfocándose en los negocios y los medios. A pesar de haber recibido múltiples galardones y reconocimientos, Casey cree que el éxito auténtico sólo llega a aquellos que jamás se dan por vencidos y siempre procura realmente ser ellos mismos, que es algo que hasta ella tiene que seguir procurando.

 

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